En las parroquias de la diócesis se cuenta con un grupo importante de catequistas. Son hombres y mujeres que tienen una gran disponibilidad ante esta tarea tan espléndida. Cumplen a cabalidad con el ministerio que les fue encomendado. En una sola palabra: se puede decir que son “buena gente”. Dedican parte de su tiempo libre a la catequesis y están conscientes que, de esta manera, colaboran en la Nueva Evangelización. Y no solamente eso, sino que hicieron el curso de formación de catequistas. Alcanzaron una meta: ser catequista. Trabajan semana tras semana en el acompañamiento de adultos, niños y adolescentes en los itinerarios de la iniciación cristiana. Son ellos los facilitadores de un proceso de formación iniciática en otras personas. Y así llegamos a la pregunta esencial: estos catequistas tan generosos y buenos, ¿ellos mismos fueron iniciados? Muchos de ellos recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, eucaristía y confirmación. A otros les falta uno o varios sacramentos, y quizá puede haber algunos que solamente son bautizados y que, sin embargo, respondieron con mucha vitalidad a la invitación que se les hizo para ser catequistas. La gran mayoría recibió algo de un “catecismo”: aprendió de memoria algunas oraciones importantes y las respuestas a unas tantas preguntas. Otros tuvieron un poco más suerte y ya contaron con una catequesis presacramental. Sin embargo, todas estas preparaciones a los diferentes sacramentos no incluyeron una verdadera iniciación cristiana. La consecuencia de esta situación es que se cuenta con muchos catequistas buenos que no hicieron o no completaron su propia iniciación cristiana. Y eso dificulta el acompañamiento de otros en la iniciación cristiana. El apóstol San Pablo describe este cambio existencial en la carta a los Efesios en el capítulo 4. El cambio del hombre viejo por el hombre nuevo es algo que llega hasta la esencia del ser humano. No es el hombre viejo que se va a poner ropas nuevas, o que se va maquillando, o quitando las arrugas del rostro, porque sigue siendo el mismo hombre viejo con una fachada renovada. Las expresiones de Pablo apuntan a un verdadero cambio en lo más existencial del ser humano. Así mismo debe ser el proceso de la iniciación cristiana. Producirá hombres y mujeres, nuevos y renovadores. El catequista debe estar consciente de su propia iniciación cristiana. Debe presentarse y sentirse como verdadero hombre nuevo que es el resultado de la acción salvífica de Dios en la vida del catequista donde él se abrió a la acción del Espíritu Santo. Es tan esencial en la vida del catequista como en la vida de todo cristiano. Aquí se plantea un reto, una exigencia, una pauta. ¿Hasta qué punto nuestros catequistas han sido realmente iniciados? ¿Qué se les ofrece para afianzar su propia iniciación cristiana?
Jan R. Dierckx (Editorial del Boletín Catequesis Hoy N° 24 de la Diócesis de Valle de la Pascua – Venezuela)
